24 de mayo de 2021

Fragmentos del libro MARCOS DE GUERRA las vidas lloradas

Judith Butler

FORMACIONES POLÍTICAS
Aunque la vida precaria es una condición generalizada, paradójicamente es la condición de estar alguien condicionado; en otras palabras, que de toda vida podemos decir que es precaria, lo cual equivale a decir también que la vida siempre surge y se sostiene en el marco de unas condiciones de vida. ….
No podemos reconocer fácilmente la vida fuera de los marcos en los que ésta es dada, y dichos marcos no sólo estructuran la manera cómo llegamos a conocer e identificar la vida, sino que, además, constituyen unas condiciones sostenedoras para esa misma vida. Las condiciones tienen que ser sostenidas, lo que significa que existen no sólo como entidades estáticas, sino también como instituciones y relaciones sociales reproducibles. No tendríamos la responsabilidad de mantener unas condiciones de vida si estas condiciones no exigieran renovación. De manera parecida, los marcos están sujetos a una estructura reiterable: sólo pueden circular en virtud de su reproducibilidad, y esta misma reproducibilidad introduce un riesgo estructural para la identidad del marco como tal. El marco rompe con él mismo a fin de reproducirse a si mismo, y su reproducción se convierte en el lugar donde es posible una ruptura políticamente “muy importante. Así, el marco funciona normativamente, pero, según el modelo específico de circulación, puede cuestionar ciertos campos de normatividad. Tales marcos estructuran modos de reconocimiento, especialmente en épocas de guerra, pero sus límites y su contingencia se convierten en objeto de exposición y de intervención crítica igualmente.
Tales marcos son operativos en situaciones de encarcelamiento y tortura, pero también en lo tocante a las políticas de inmigración, según las cuales ciertas vidas son percibidas como vidas mientras que Otras, aunque estén claramente vivas, no asumen una forma perceptual propiamente dicha. Las distintas formas de racismo, instituido y activo al nivel de la percepción, tienden a producir versiones icónicas de unas poblaciones eminentemente dignas de ser lloradas y de otras cuya pérdida no constituye una pérdida como tal al no ser objeto de duelo. La distribución diferencial del derecho a duelo entre las distintas poblaciones tiene importantes implicaciones a la hora de saber por qué y cuándo sentimos disposiciones afectivas de especial importancia política, como, por ejemplo, horror, culpabilidad, sadismo justificado, pérdida o indiferencia. ¿Por qué, en particular, ha habido dentro de Estados Unidos una respuesta justificadora a ciertas formas de violencia perpetrada al mismo tiempo que la violencia sufrida por Estados Unidos es o bien ruidosamente llorada (la iconografía de los muertos del 11-S) o bien considerada inasimilable (la afirmación de la impermeabilidad masculina dentro de la retórica estatal) Si tomamos la precariedad de la vida como punto de partida, entonces no hay vida sin la necesidad de cobijo y alimento, no hay vida sin una dependencia de redes más amplias de sociabilidad y, trabajo, no hay vida que trascienda la dañabilidad y la mortalidad. Podríamos, entonces, analizar algunos de los afluentes culturales del poder militar durante estos tiempos en cuanto que intentan maximizar la precariedad para los demás mientras minimizan la precariedad para el poder en cuestión. Esta distribución diferencial de la precariedad es, a la vez, una cuestión material y perceptual, puesto que aquellos cuyas vidas no se «consideran» susceptibles de ser lloradas, y, por ende, de ser valiosas, están hechos para soportar la carga del hambre, del infraempleo, de la desemancipación jurídica y de la exposición diferencial a la violencia y a la muerte………….

La precariedad también caracteriza una condición políticamente inducida de la precariedad, que se maximiza para las poblaciones expuestas a la violencia estatal arbitraria que, a menudo, no tienen otra opción que la de apelar al Estado mismo contra el que necesitan protección. En otras palabras, apelan al Estado en busca de protección, pero el Estalo es precisamente, aquello contra lo que necesitan protegerse. Estar protegidos contra la violencia del Estado nación es estar expuestos a la violencia ejercida por el Estado-nación; así pues, basarse en el Estado-nación para protegerse contra la violencia es, precisamente, cambiar una violencia potencial por otra. Hay muy pocas opciones distintas a esta. Por supuesto, no toda violencia procede del Estado-nación, pero es muy raro encontrar un caso contemporáneo de violencia que no guarde ninguna relación con esta forma política.
Este libro hace especial hincapié en los «marcos» de la guerra, es decir, en las distintas maneras de repartir selectivamente la experiencia como algo esencial a la conducción de la guerra. Tales marcos no sólo reflejan las condiciones materiales de la guerra, sino que son esenciales para el animus perpetuamente pergeñado de esa realidad material. Aquí hay varios marcos en liza: el marco de la fotografía, el de enmarcar la decisión de ir a la guerra, el de enmarcar las cuestiones relativas a la inmigración, como una «guerra en casa», y el de enmarcar las políticas sexuales y feministas en el servicio del esfuerzo bélico. Lo que yo sostengo es que, así como la guerra está, en cierta manera, enmarcada/manipulada para controlar y potenciar el afecto con relación a la capacidad diferencial que tiene una vida para ser llorada, así también la guerra enmarca/manipula distintas maneras de pensar el multiculturalismo y ciertos debates sobre la libertad sexual, cuestiones en su mayor parte consideradas separadas de los «asuntos exteriores». Las concepciones sexualmente progresistas de los derechos feministas o de las libertades sexuales se han movilizado no sólo para racionalizar las guerras contra las poblaciones predominantemente musulmanas, sino también para argumentar a favor de imponer en Europa límites a la inmigración procedente de países predominante mente musulmanes. En Estados Unidos, esto ha conducido a detenciones ilegales y a encarcelar a quienes «parecen» pertenecer a grupos étnicos sospechosos, si bien es cierto que los esfuerzos jurídicos por combatir tales medidas han demostrado tener cada vez más éxito estos últimos años.’ Por ejemplo, quienes aceptan un «impasse» entre derechos sexuales y derechos de la inmigración, especialmente en Europa, no han tenido en cuenta la manera en cómo la guerra en curso ha estructurado y fisurado el tema de los movimientos sociales. El esfuerzo por comprender las apuestas culturales de una guerra «contra el islam», en la medida en que ésta asume una nueva forma en la política coercitiva de la inmigración, desafía a la izquierda a reflexionar sobre los marcos establecidos del multiculturalismo y a contextualizar sus recientes divisiones a la luz de la violencia de Estado, del ejercicio de la guerra y de la potenciación de la «violencia legal» en el límite.

En estos últimos años, las posturas asociadas a las políticas sexuales progresistas han tenido que hacer frente a reivindicaciones de nuevos derechos para los inmigrantes y a nuevos cambios culturales en Estados Unidos y en Europa. Estas formulaciones de la contradicción y el impasse parecen basarse en un marco que no reflexiona críticamente acerca de cómo los términos de la política nacional se han visto perturbados y desplegados por unos propósitos bélicos más amplios. Centrar de nuevo la política contemporánea en los efectos ilegítimos y arbitrarios de la violencia estatal, incluidos los medios -coercitivos para aplicar y desafiar la legalidad, podría reorientar perfectamente a la izquierda más allá de las antinomias liberales en las que naufraga actualmente. Una coalición de quienes se oponen a la coacción y a la violencia ilegítimas, así como a racismos de cualquier tipo (no diferencialmente), también implicaría ciertamente una política sexual que se negara rotundamente a ser apropiada como base racional espuria para las guerras en curso. Los marcos mediante los cuales concebimos la izquierda necesitan ser reformulados a la luz de las nuevas formas de violencia estatal, especialmente las que tratan de suspender los condicionamientos jurídicos en nombre de la soberanía o se inventan sistemas cuasi jurídicos en nombre de la seguridad nacional. …….
Para que las poblaciones se vuelvan susceptibles de ser lloradas no es necesario conocer la singularidad de cada persona que está en peligro o que seguramente, ya o ha estado. Lo que queremos decir es que la política necesita comprender la precariedad como una condición compartida y la precariedad como la condición políticamente inducida que negaría una igual exposición mediante una distribución radicalmente desigual de la riqueza y unas maneras diferenciales de exponer a ciertas poblaciones, conceptualizadas desde el punto de vista racial y nacional, a una mayor violencia. El reconocimiento de la precariedad compartida introduce unos fuertes compromisos normativos de igualdad e invita a una universalización más enérgica de los derechos, que intente abordar las necesidades humanas básicas de alimentación, cobijo y demás condiciones para poder persistir y prosperar.

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