22 de septiembre de 2021

Prólogo Del libro “Putas insolentes La lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales

Cristina Garaizábal
Confundadora del colectivo Hetaira (Colectivo en Defensa de los Derechos de las Prostitutas que nace en Madrid compuesto por mujeres provenientes del feminismo y por trabajadoras del sexo)

El trabajo sexual es un de los temas más controvertidos dentro del feminismo. En la actualidad, en nuestro país, divide a los feminismos llegando a imposibilitar muchas veces la necesaria unidad de acción. Es más, algunas corrientes feministas quieren expulsar a las trabajadoras del sexo del movimiento negándoles la consideración de feministas ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué resulta tan atacante su presencia? ¿En qué interpelan las trabajadoras sexuales a determinados feminismos? El libro que tienes en tus manos proporciona muchas claves para entender las polémicas actuales sobre prostitución. Ahora bien, no es un manifiesto teórico-feminista. Por el contrario, como sus propias autoras explican, lo que les preocupa es «la seguridad y la supervivencia de las personas que venden servicios sexuales». Por ello el libro tiene un enfoque político, centrándose en las cuestiones materiales y prácticas, más que en las ideológicas o simbólicas. Creo que este es uno de sus principales aciertos. Este enfoque no huye del trasfondo, es decir, del pensamiento feminista en el que sustentan sus posiciones. Pero centran muy claramente cuál debe ser el objetivo de la acción feminista en el tema del trabajo sexual: que las trabajadoras del sexo, sean cis o trans, tengan seguridad y derechos en el ejercicio de su trabajo para mejorar las condiciones en las que lo ejercen. Coincido totalmente con este planteamiento. En la actualidad, a la luz de cómo se están produciendo los debates en nuestro país creo que un sector del feminismo (el que hace del abolicionismo una de sus señas de identidad) no tiene en consideración la situación de las trabajadoras del sexo, a la vez que invisibiliza sus problemas concretos, negándolos o magnificándolos, de tal manera que parece que la única solución pasa por acabar con el trabajo sexual. Richard Hare, un filósofo inglés que trabajó sobre las valoraciones morales desde la racionalidad, definió esta posición como fanatismo. Hare describe al fanatismo como la actitud de quienes persiguen la afirmación de los propios principios morales dejando que estos prevalezcan sobre los intereses reales de las personas de carne y hueso, indiferentes al daño que sus creencias moralistas ocasionan. Y este fanatismo, peligroso cuando se formula desde los movimientos sociales, resulta inaceptable cuando marca las acciones institucionales o gubernamentales, tal y como estamos asistiendo en los últimos tiempos: como cuando el anterior gobierno socialista defendió la prohibición de OTRAS (Sindicato de Trabajadoras sexuales) por defender una actividad que ellos califican de contraria a la dignidad de las mujeres.1 Dentro de los feminismos, las discusiones sobre este tema están tomando un cariz preocupante, donde todo vale. Vale mentir y difamar diciendo que las líderes de las trabajadoras sexuales que se manifiestan públicamente y las organizaciones pro-derechos estamos financiadas por las redes de proxenetas; vale negar derechos democráticos básicos como el derecho a la sindicación afirmando que son sindicatos de proxenetas; vale organizar contramanifestaciones o lanzar campañas en las redes acosando con nombres y fotos a mujeres que son cargos públicos por participar en manifestaciones proderechos; vale prohibir debates en la trans, tengan seguridad y derechos en el ejercicio de su trabajo para mejorar las condiciones en las que lo ejercen. Coincido totalmente con este planteamiento. En la actualidad, a la luz de cómo se están produciendo los debates en nuestro país creo que un sector del feminismo (el que hace del abolicionismo una de sus señas de identidad) no tiene en consideración la situación de las trabajadoras del sexo, a la vez que invisibiliza sus problemas concretos, negándolos o magnificándolos, de tal manera que parece que la única solución pasa por acabar con el trabajo sexual.


Dentro de los feminismos, las discusiones sobre este tema están tomando un cariz preocupante, donde todo vale. Vale mentir y difamar diciendo que las líderes de las trabajadoras sexuales que se manifiestan públicamente y las organizaciones pro-derechos estamos financiadas por las redes de proxenetas; vale negar derechos democráticos básicos como el derecho a la sindicación afirmando que son sindicatos de proxenetas; vale organizar contramanifestaciones o lanzar campañas en las redes acosando con nombres y fotos a mujeres que son cargos públicos por participar en manifestaciones proderechos; vale prohibir debates en la Universidad en los que participen trabajadoras sexuales, acusando a estas de proxenetismo; vale decir que las trabajadoras sexuales trans no pueden hablar en nombre de las trabajadoras sexuales porque no son mujeres; vale hablar de supervivientes de la prostitución o de mujeres prostituidas, utilizando términos con fuertes connotaciones ideológicas y colocando a las trabajadoras sexuales como si no tuvieran capacidad de decisión. Mal terreno para poder discutir tranquilamente. Pero lo más grave es la invalidación que se hace de la voz de las trabajadoras sexuales cuando estas no se manifiestan arrepentidas por ello y no coinciden con los planteamientos abolicionistas. Considero que la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales es imprescindible para centrar lo que realmente debería ser el foco de acción feminista. Este libro da voz a los «daños que las trabajadoras sexuales experimentan en el trabajo sexual». Las autoras no exaltan la figura del cliente ni discuten sobre si el sexo es «bueno» o «malo», no cuentan «sus historias personales», ni desarrollan análisis abstractos sobre la industria del sexo, la prostitución y el capitalismo. Lo cual no quiere decir que no tengan una posición crítica y feminista ante todas estas cuestiones. Pero eligen centrarse en las situaciones concretas de malestar, discriminación y exclusión con las que se encuentran las trabajadoras del sexo relacionándolas con las legislaciones y las políticas públicas especialmente en Gran Bretaña, que es donde las autoras viven y trabajan. En la «Introducción» recogen las complicadas relaciones entre las trabajadoras del sexo y el movimiento feminista. Analizan esta relación a nivel internacional haciendo un rápido repaso desde el siglo XIX hasta la actualidad. Quizás en esta edición en castellano puede merecer la pena detenernos un poco en cómo se ha ido produciendo esta relación en nuestro país. En un primer momento, en los años ochenta, la posición del movimiento feminista era muy contradictoria. Partíamos del es logan «NO a la prostitución. SÍ a las prostitutas», lo que nos llevó a acercarnos a las trabajadoras del sexo pero con la idea implícita de que «tenían que abandonar la prostitución». En 1982, se celebró la Copa Mundial de Fútbol en nuestro país. Con motivo de esta celebración se pretendía «limpiar las calles», persiguiendo a las trabajadoras sexuales que captaban en la calle a sus clientes. A raíz de estas redadas, un sector de feministas nos acercamos a las prostitutas con la posición antes mencionada. La intención era buena, pero el punto de partida era muy discutible y resultaba incomprensible para las trabajadoras del sexo. Escucharlas nos hizo ver lo equivocadas que estábamos y lo poco que sabíamos de su realidad. En nuestros primeros encuentros con las trabajadoras sexuales nos convencimos de que era imprescindible conocer la situación de las mujeres que habitan la prostitución, visibilizar sus estrategias de empoderamiento dentro de ella, contemplar y promover el protagonismo que se merecen en la elaboración de políticas públicas y poner en primer plano la defensa de sus derechos. Por ello pensamos en una organización donde también participaran trabajadoras del sexo, convencidas de nuestra ignorancia y de que ninguna teoría ni ninguna ideología pueden servir para negar derechos básicos a ningún sector de la población. Y, especialmente, pensando que no se puede utilizar el feminismo para negar los derechos de las prostitutas porque estas no hacen lo que una vanguardia iluminada cree que deben hacer. Queríamos desarrollar un feminismo abierto, plural, inclusivo y que atendiera las demandas de todos los sectores de personas que están excluidos y son marginadas por el sistema de géneros. Las trabajadoras del sexo trans nos enseñaron mucho en este sentido y nos permitieron incluir en nuestras propuestas no solo a las mujeres cis. En 1995 nació Hetaira, con la finalidad de crear un espacio de intercambio entre mujeres donde se pudiera cuestionar el estigma que pesa sobre las prostitutas, así como atender a sus demandas concretas y apoyar su construcción como sujetos de derecho. Pretendíamos subvertir el significado de la categoría «puta», despojándola de sus contenidos patriarcales —mujeres «malas», sin deseos propios, «objetos» al servicio de los deseos sexuales masculinos— y reivindicarla resaltando la capacidad de autoafirmación, de autonomía y libertad que las trabajadoras sexuales pueden tener. Considerábamos todo esto como un acto de afirmación feminista de primer orden. Posibilitar, cuidar y alimentar esta alianza entre mujeres ha sido la base de nuestro colectivo. Luchar contra el estigma que recae sobre las putas es cuestionar uno de los pilares de la ideología patriarcal: la idea de que existen «buenas» y «malas» mujeres. Una idea que, pese a todos los cambios que se han producido en este terreno, nos sigue dividiendo y juzgando a las mujeres en función de nuestra sexualidad. Aunque la prostitución no es un delito, sigue siendo social mente enjuiciada desde la moral, sea esta la moral dominante o responda a un supuesto deber ser feminista. La sexualidad sigue estando teñida de moralina. La simbología que subyace a la prostitución es la de que sirve para dar salida a una supuesta sexualidad masculina más «fogosa» y «manifiesta» en los hombres que en las mujeres. La ideología heteropatriarcal presupone que las mujeres tenemos una sexualidad menos explícita que la de los hombres y nos otorga la función de controlar tanto nuestra sexualidad como la de ellos. Así, se invisibilizan otras formas de prostitución cuando son ejercidas por hombres, al tiempo que sobre los trabajadores sexuales recae un estigma menor, que en el caso de las relaciones homosexuales está más ligado al hecho homosexual que al trabajo sexual en sí mismo. En función de esto, la imagen heteropatriarcal que se recrea en la prostitución es la de «mujeres que se venden sexualmente a los hombres, que están disponibles para todos y con la que estos pueden hacer lo que quieran». Las trabajadoras sexuales aparecen, de ese modo, como objetos pasivos, sin voluntad propia ni capacidad de decidir, plegadas siempre a las exigencias masculinas de los clientes. En consecuencia, estas «malas mujeres» son vistas como pura categoría para mantener sujetas al resto, a las que se obliga a ser «buenas». No son contempladas como sujeto de derecho y son objeto de todo tipo de discriminaciones, sin que tengan instrumentos legales para combatirlas. La puta es la representante por excelencia de los límites que construyen la normativa sexual para las mujeres. Su estigmatización y la condena moral que recae sobre ellas son la expresión del castigo con el que la sociedad responde a la trasgresión de estos mandatos sexuales, al tiempo que sirve para controlar la sexualidad de las mujeres en su conjunto. Este mito sexual heteropatriarcal de la entrega ilimitada de las mujeres a los hombres actúa no solo en las visiones tradicionales sobre la prostitución sino también en determinadas visiones feministas en las que se invisibiliza la capacidad de decisión y negociación de las prostitutas. Esta invisibilidad, se traduce en una victimización extrema de las trabajadoras del sexo plantean do, por ejemplo, que todas las prostitutas están obligadas y son víctimas de trata. Las leyes contra la trata en nuestro país, elaboradas de acuerdo a esta máxima, equiparan trata y prostitución. Son leyes que están encaminadas a combatir la prostitución en general, pero particularmente a las mujeres inmigrantes que se encuentran sin papeles, más que a proteger a las víctimas de trata. Si se leen las memorias de la Fiscalía General del Estado en relación con el delito de la trata podemos ver su inutilidad en lo que se refiere a la protección de las víctimas de trata. Sin embargo, han conseguido cambiar el imaginario social. Se ha extendido la idea de que todas las trabajadoras del sexo son víctimas de ter ceros, invisibilizando a aquellas que quieren seguir trabajando y hacerlo en mejores condiciones. El proceso de estigmatización que sufren las prostitutas hace que por el hecho de desarrollar esta actividad se las considere una categoría particular de personas: mujeres traumatizadas, trastornadas, víctimas extremas de las circunstancias, sin capacidad de decisión sobre sus propias vidas. Las prostitutas no son consideradas como trabajadoras sino como putas y toda su vida es valorada bajo este prisma. Pero las vivencias de las trabajadoras del sexo en relación con su trabajo son ambivalentes, como ambivalente suele ser la relación de muchas mujeres con la sexualidad: placer y peligro, vergüenza y orgullo, seguridad y riesgo, protección y libertad… Todos estos sentimientos, necesidades y deseos cohabitan en la mayoría de mujeres. El trabajo sexual es frecuentemente una caja de resonancia donde se polarizan y producen malestares, dadas las situaciones en las que se ejerce el trabajo y el estigma que re cae sobre las trabajadoras. Estas complejidades y ambivalencias no se tienen en cuenta. Por lo general, al hablar de la prostitución se tiende a mostrar exclusivamente su lado oscuro y victimista: el control social, la represión, la desprotección, los abusos y la vulnerabilidad que padecen las trabajadoras. Pero se oculta el aspecto trasgresor que representan las prostitutas autoafirmadas como profesionales. El libro que tienes en tus manos parte del lado oscuro y de los problemas que plantea el trabajo sexual, pero huye de la perspectiva victimista y punitiva, poniendo en primer plano la capacidad de agencia de las trabajadoras sexuales. Cuando fundamos Hetaira, además de la lucha contra el estigma era igualmente importante atender las situaciones concretas en las que ejercían su trabajo y apoyar sus estrategias y propuestas para mejorarlas. Nos propusimos así identificar los lazos de solidaridad y apoyo entre ellas reforzándolos para que sirvieran de embrión organizativo, ayudar en la formación de liderazgos, mediar en los conflictos, promover ideas sobre los derechos que deberían tener las trabajadoras sexuales y desarrollar un pensamiento feminista radical sobre la prostitución, no puritano, que contemplara la realidad de estas. Para poder abordar estos asuntos de manera consecuente fue necesario huir de unilateralidades y mantener una mirada amplia, una mirada feminista integradora de las diferentes causas y problemas que confluyen en la realidad concreta. Huir también de fundamentalismos ideológicos y de las grandes abstracciones para ver y apoyar las estrategias concretas que este sector de mujeres utiliza para autoafirmarse y seguir adelante en un mundo que no es ni mucho menos ideal. Así mismo, fue necesario también cuestionar cierta visión binarista que partía de que las cosas malas que les pasan a las mujeres se deben, exclusivamente, a la maldad de los hombres y de su sexualidad. La prostitución es una realidad compleja que tiene sus luces y sus sombras. En este sentido no puede plantearse un sí o un no a la prostitución porque no sirve para nada y porque nadie defiende la prostitución en sí misma. Lo que he explicado anteriormente es la cara oscura de la prostitución. Pero en la realidad no todo es así. Como J. Butler plantea «solo habitando / ocupando el lugar injurioso podré oponerme a él, transformando el poder que me constituye en el poder al que me opongo». Y muchas trabaja doras sexuales han recorrido un largo camino en este sentido: apoderándose de la palabra puta para resignificarla, reclamando derechos, apareciendo empoderadas y nada victimizadas, fortaleciendo y desarrollando su capacidad de negociación con los clientes para imponer sus condiciones y no aceptar siempre las de ellos… Todo ello, que es el contrapunto antagónico de lo que la ideología patriarcal pretende, no puede ser olvidado desde el feminismo. Al contrario. Si queremos participar en la transformación de la sociedad actual desde una perspectiva feminista y anticapitalista es fundamental tener en cuenta esta realidad y apoyarla firmemente, porque con todo ello las trabajadoras sexuales han hecho y siguen haciendo sus grandes aportaciones al feminismo. Su labor es puro feminismo. Frente al proteccionismo que algunos feminismos manifiestan ante las trabajadoras sexuales apuesto por mantener la tensión entre seguridad y libertad. Comparto la perspectiva de un feminismo radical y anticapitalista. Esto para mí implica trabajar para ampliar nuestra capacidad de agencia, nuestro poder de decisión, apostar por ampliar los márgenes estructurales e individuales de libertad y seguridad de las mujeres, pero sabiendo que la vida es insegura y que la seguridad total es imposible y puede ser contraria a la libertad. Muchas decisiones implican riesgos y la posibilidad de equivocarnos, pero yo apuesto por ello, defiendo el derecho de las mujeres a decidir, a equivocarnos y a correr riesgos. Y aspiro y trabajo para que tengamos las herramientas suficientes para decidir con autonomía, responsabilidad, sabiendo las implicaciones de estas y teniendo un amplio abanico de opciones. Porque en nuestra situación interseccionan diferentes ejes de opresión y los márgenes no son los mismos para todo/as. Es necesario, por lo tanto, luchar para ampliar estos márgenes y eso no es solo un problema individual sino estructural. Hemos de cuestionar las estructuras que hoy sostienen los diferentes ejes de opresión, con una mirada amplia e integradora. El reconocimiento de la prostitución como trabajo no es solo una cuestión de libertad y voluntariedad individual. Esto es fundamental pero no exclusivo. La libertad y el acceso a los derechos es un asunto colectivo, que afecta a las estructuras que habitamos. No se trata de que cada cual pueda hacer lo que le dé la gana (porque ya sabemos que solo una minoría privilegiada tienen acceso a ello) sino que tenemos que garantizar las condiciones que hagan posible el ejercicio de todos los derechos, la efectiva igualdad entre las personas, frenar los abusos y la explotación laboral, la vulnerabilidad, la violencia institucional, las discriminaciones y los estigmas. Reconocer el trabajo sexual es la primera piedra, a partir de ahí sigue quedando mucho por hacer.


Las trabajadoras del sexo autoafirmadas, que deciden (ampara das por las leyes) qué servicios sexuales quieren ofrecer y escogen a sus clientes, negándose a aceptar a aquellos que no les inspiran confianza, convertidas y reconocidas como sujeto político de derechos que reclama leyes que los defiendan, ciertamente trasgreden los mandatos heteropatriarcales. El resto de mujeres, especialmente las feministas, no debemos temer ser acusadas de «putas», ni verlas como enemigas sino como hermanas en la lucha antipatriarcal; entendamos que, en parte, tod*s nos prostituimos cuando vendemos nuestra fuerza de trabajo o nuestra capacidad intelectual; reivindiquemos que somos «putas» cuando nos gusta el sexo explícito, el sexo duro, el BDSM, o cualquier preferencia sexual consentida y en la que no hacemos daño a nadie. ¡Esto es lo que ayuda a crear un imaginario diferente al dominante! El debate a favor o en contra de la prostitución es un debate falso: nadie está a favor de la prostitución pero las cosas no se resuelven porque estemos en contra. Un feminismo que incida en el cambio social y en las políticas públicas debe partir de lo que hay, debe ser un feminismo político y no solo ideológico. Y, en este sentido, la discusión sobre qué hacer con la prostitución no se mueve entre abolición y regulación. El movimiento de trabajadoras sexuales y de las organizaciones pro-derechos estamos en contra de las regulaciones neoliberales (como la que planteó en su momento el partido Ciudadanos ) porque están pensadas para controlar a las trabajadoras (por medio de registros policiales) dejándolas desprotegidas frente a los intereses empresariales. Criminalizan a las que captan su clientela en la calle (delito), deja al resto en manos de los abusos empresariales (al no regular las relaciones laborales y no contemplar sus derechos en tanto que trabajadoras) y las estigmatiza como grupo de riesgo (controles sanitarios obligatorios y «cartillas de buena salud»). Actualmente en nuestro país, el partido socialista en el gobierno se plantea revisar la Ley contra la Trata de Mujeres y Niñas con fines de Explotación Sexual,3 con el fin de introducir una normativa de abolición de la prostitución en general. Tal ley endurecerá mucho las condiciones en las que actualmente se ejerce el trabajo sexual y aumentará la vulnerabilidad de las trabajadoras sexuales, especialmente la de aquellas que captan su clientela en la calle, así como de las inmigrantes. Mientras tanto en los últimos años hemos asistido a una proliferación de ordenanzas municipales que, con la excusa de la convivencia ciudadana, se dedican a penalizar el trabajo sexual. Se ha demostrado que estas normativas empeoran las condiciones de quienes captan su clientela en la calle, aumentando su vulnerabilidad y su discriminación. La investigación realizada por el Grupo Antígona de la Universidad de Barcelona4 sobre el impacto de este tipo de normativas en las trabajadoras del sexo concluye que «han incidido negativamente y de manera preocupante en sus condiciones de vida». Independientemente de nuestras valoraciones generales sobre la industria del sexo y la prostitución creo que todas las personas progresistas, defensoras de los derechos humanos podríamos ponernos de acuerdo en exigir que no se criminalice a las mujeres Pienso que como feministas no lo podemos permitir y cualquier partido que se llame progresista o feminista no puede colaborar en ello.
En nuestro país las trabajadoras del sexo siguen sin derechos a pesar de las políticas que se han elaborado para favorecer la igualdad de las mujeres. Son perseguidas cuando pretenden, al igual que otros trabajadores, organizarse en un sindicato para mejorar sus condiciones laborales; siguen siendo multadas en muchas ciudades cuando se les aplican unas ordenanzas municipales que bajo el auspicio de una supuesta convivencia ciudadana esconden criminalización, acoso, humillaciones y desafueros contra las prostitutas; son estigmatizadas por un sector del feminismo que las considera traidoras al género e intenta expulsarlas del movimiento; no se identifican ni se protegen adecuadamente a las víctimas de trata, porque las energías se dedican más a la persecución de la prostitución en general que a la protección de las mujeres que están atrapadas en esas redes. Se necesitan políticas proderechos y el firme compromiso de las fuerzas de izquierda de no tomar medidas punitivas que empeoren más sus condiciones de vida y de trabajo. En el libro encontraréis muchos ejemplos y datos que apoyan la idea de esta necesidad, además de concretar en qué puede consistir esta. Tiene además el enorme valor de estar escrito en primera persona por sus protagonistas. Estamos ante un libro de lectura obligada para armarnos de argumentos en los tiempos inciertos que corren en relación con este asuntogresista o feminista no puede colaborar en ello.

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